José Carreño Carlón

Una vez dejado a su suerte por quienes lo enaltecieron, satanizado por quienes lo endiosaron, arrojado al caño por quienes antes lo acogieron en sus cortes políticas y empresariales, Marcial Maciel es el nuevo demonio popular.

De ser el santo de Cotija, Maciel ha pasado a convertirse en monstruo, la caracterización preferida ahora por quienes —como el secretario del presidente Zedillo, Liébano Sáenz— antes formaron parte del escudo de impunidad del religioso. Y no es que el ahora monstruo de Cotija no haya hecho suficientes méritos para ser enjuiciado en su momento por tribunales del orden penal, civil y eclesiástico. Y por los tribunales de los medios y de la opinión pública. El problema de entonces fue la protección que le garantizaron por décadas los poderes políticos, eclesiásticos, empresariales y mediáticos. Y el problema de hoy es que al concentrar en el monstruo y en su obra los males perpetrados por él —pero también por quienes lo alentaron y encubrieron— se corre el riesgo de dejar vivas las causas que originaron las monstruosidades y de perpetuar la impunidad de los demás agentes.

Por esta vía, además, se va derecho a convertir en motivo de pánico moral a miles de creyentes y practicantes de buena fe, religiosos, académicos, alumnos y ex alumnos de las aulas de la Legión: Ellos sí estuvieron ajenos de las correrías de su fundador, pero ahora están sometidos a toda suerte de descalificaciones por la supuesta "falta" de haberse relacionado con las agrupaciones de carácter religioso y los establecimientos educativos encuadrados en la vasta organización del personaje ahora demonizado.

La tentativa

En la mecánica de los medios y los procesos de comunicación enfrentados a un fenómeno de pánico moral, se propicia la arbitrariedad de estigmatizar a inocentes. Pero también se abre el paso a la impunidad de coautores o encubridores de infracciones. Un ejemplo de esto ocurre cuando la (más vendedora) invocación del nombre del monstruo sirve para distraer la atención de las monstruosidades de sus cómplices. Así, la cabeza de La Razón de ayer: "Marcial Maciel pidió a Los Pinos callar a medios" deja de lado la monstruosidad mayor de este episodio: que Los Pinos, la Presidencia de la República, dispuso callar a los medios sobre los abusos de Maciel.

Nada de ello le quita mérito al excelente reportaje publicado por la reportera de ese diario, Eunice O. Albarrán, que incluye una entrevista al entonces secretario particular del presidente Zedillo. Tampoco le resta valor al ojo periodístico de los editores que jerarquizaron su alto valor noticioso. El problema está en el framing, el marco que se le da a la información en las rutinas periodísticas que generan los fenómenos de pánico moral, y que le atribuye más peso noticioso al nombre del monstruo de moda —que en este caso pidió a la autoridad callar a un medio— que al hecho mismo de la censura al medio que pretendió ejercer la autoridad.

Coincidencias

No tiene asideros el control de daños que intenta Sáenz para deslindarse de a quien entonces reconocía como "gran" amigo. Ni siquiera el intento de endilgarle el origen de esa amistad a la familia Colosio. Dice que desconocía las conductas que ahora llama monstruosas del sacerdote, pero eran conocidos los cargos contra Maciel incluso entre personas menos informadas que el secretario particular del Presidente. Dice que actuó a título personal en su gestión de acallar el reportaje de Ciro Gómez Leyva en el Canal 40, pero no es posible disociar el poder de la oficina presidencial a la hora de llamar al dueño de un medio para tratar de censurar una información. Sobre todo cuando otro secretario del despacho del mismo Presidente, el de Comunicaciones, Ruiz Sacristán, presionaba en paralelo a la televisora para silenciar el reportaje. Dos secretarios de Zedillo actuando a título personal como escudos protectores de la impunidad de Maciel situarían el caso más en el plano de las responsabilidades que en el de las coincidencias.

Académico

El Universal
12 de mayo de 2010

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