Curas pederastas, al desnudo en Alemania

Publicado: agosto 1, 2011 en Abusos sexuales, catolicismo, catolicos, Legionarios de Cristo., padre Maciel, papa, papa juan pablo ii., pecado, pederastia, pedofilia

Las denuncias de abusos sexuales de menores de edad por parte de sacerdotes católicos se multiplican en todo el mundo. Ahora el epicentro del escándalo es Alemania, cuya Iglesia lidia desde el año pasado con varios de estos casos. El episcopado alemán ya anunció que se atenderán todas las denuncias y que se abrirán sus archivos al escrutinio externo… pero los críticos lo acusan de acotar las pesquisas a sólo una década y hacen notar que todo abuso sexual en la Iglesia no es sino un reflejo del autoritarismo de la jerarquía eclesiástica.

Francisco Olaso

BERLÍN.- La Iglesia católica de Alemania abrirá sus archivos para que se indaguen los casos de abuso sexual de sacerdotes contra niños, ocurridos en la última década. Por iniciativa del obispado alemán un equipo del Instituto de Investigación Criminológica de Baja Sajonia tendrá acceso a los legajos personales de los religiosos.

La investigación durará tres años y se restringirá a los casos ocurridos entre 2000 y 2010. Sólo en nueve de las 27 diócesis alemanas las pesquisas se remontarán a 1945.

Esta nueva crisis relacionada con sacerdotes pederastas se desató en enero de 2010 cuando el jesuita Klaus Mertes, director del colegio Canisius de Berlín, publicó una carta abierta en la que llamaba a todos los exalumnos víctimas de abusos sexuales a que los denunciaran. Por las confesiones de varios de ellos, Mertes se había enterado de los abusos perpetrados sistemáticamente por dos sacerdotes en esa escuela durante los setenta y ochenta.

Hasta ahora, Mertes no ha dicho exactamente cuándo supo de esos abusos, pero su carta abierta –reproducida entonces por muchos medios alemanes– desató una impactante serie de denuncias en instituciones de la Iglesia católica alemana. El gesto de Mertes, saltando las jerarquías eclesiásticas, dificultó la política de silencio y encubrimiento que la Iglesia suele aplicar en estos casos.

“Tener 10 años y después de una ducha caliente ser mojado con chorros de agua helada por un cura me parecía extraño, pero entonces no lo hablé con nadie”, dice a Proceso Miguel Abrantes Ostrowski, actor alemán de 38 años, de ascendencia española, quien estudió el bachillerato en otra institución jesuita: el colegio Aloisius, en Bonn.
Cuando Abrantes tenía 11 años el mismo sacerdote lo llamó a su cuarto para tomarle la temperatura. “La puerta se cerraba y uno tenía que bajarse los pantalones y recostarse en una camilla de cuero”, cuenta. “El cura te ponía el termómetro en el ano, se iba a otro cuarto y volvía minutos después: en ningún momento hablaba”.

Además este sacerdote tenía cierta afición por la fotografía. “Siempre que tenía oportunidad fotografiaba a los alumnos, especialmente al ducharnos”, narra Abrantes. Cierta vez él y un compañero habían pintado una cochera y estaban sucios y manchados hasta la cabeza. “El cura nos hizo desnudar y luego, a media ducha, con la pintura y el champú todavía en el pelo, nos llevó a un gran parque del colegio donde nos tomó fotografías. Cuando le preguntamos qué había pasado con las fotos dijo que no habían salido”.

Abrantes cree que es la suma de diferentes hechos lo que puede considerarse abuso sexual. En mayo de 2010, la abogada Ursula Raue presentó el informe final sobre los abusos cometidos en las instituciones de los jesuitas en Alemania: “En las actas de la orden se puede constatar una preocupación por asistir a los hermanos de la congregación acusados, pero ninguna por el estado psíquico de los niños y jóvenes que fueron víctimas”.

Raue constató 205 casos de abuso en los colegios jesuitas en Berlín, Bonn, Hamburgo, Gotinga y Hanóver. Seis de los 12 principales sacerdotes inculpados ya habían muerto.

Impunidad

En febrero de 2010, la Conferencia de Obispos Alemanes le encargó a Stephan Ackermann, el obispo de Tréveris, dirigir las investigaciones sobre abusos sexuales dentro de la Iglesia.

En esos días las voces de las víctimas se oían en todos los medios. Muchos afectados o sus familiares dijeron que en su momento acusaron a los sacerdotes frente a las autoridades eclesiásticas y destacaron la falta de respuesta de la iglesia o el traslado de los acusados a otras diócesis. Incluso se consignaron casos de reincidencia de esos sacerdotes reubicados.

Ackermann creó una hotline donde las víctimas de abusos sexuales pudieran denunciar a los clérigos y recibir apoyo. Una página en internet, Prevención de la violencia sexual (www.praevention-kirche.de), también creada por Ackermann, intentó frenar la práctica del ocultamiento que había sido moneda corriente dentro de la Iglesia.

El miércoles 13, Ackermann presentó públicamente las dos comisiones de investigación que deberían ser la contraofensiva de la Iglesia para recuperar algo de su decaída imagen. La primera, dirigida por el criminólogo Christian Pfeiffer, contará con el apoyo del Instituto de Investigación Criminológica de Baja Sajonia y se dedicará a investigar los casos de abuso sexual en las actas confidenciales de las 27 diócesis alemanas.

La segunda, dirigida por el psiquiatra forense Norbert Leygraf, se ocupará de analizar los perfiles psicológicos de unos 50 miembros de la Iglesia que ya fueron condenados por abusos sexuales. Ambos proyectos están limitados a tres años de duración y tienen como objetivo mejorar la prevención de abusos dentro del clero. Según Ackermann la investigación será la más amplia que haya tenido lugar jamás dentro de la Iglesia católica. Muchos critican ya, sin embargo, que la investigación abarque sólo los últimos 10 años.

Otros van todavía más lejos. “El estudio debería considerar las profundas conexiones entre poder, abuso y sexualidad dentro de la Iglesia”, dice a Proceso Christian Weisner, portavoz del movimiento reformista católico Somos Iglesia. “El planteamiento es demasiado criminalístico y se orienta excesivamente a casos singulares, como para dar un verdadero cuadro de la situación”, sostiene Weisner.

Para la mayoría de los críticos, la estructura de poder de la Iglesia católica es el punto central de los abusos sexuales dentro del clero. “Cada caso de violencia sexual en la iglesia es, en primer lugar, un abuso de poder”, afirma Weisner. Miguel Abrantes Ostrowski define el sistema que reinaba en el colegio Aloisius de Bonn como una teocracia en la que los sacerdotes tenían la suma del poder. “Nadie los contradecía”, cuenta. “Por el contrario, los chicos buscaban su aprobación”.
Y aunque los expertos a cargo de las investigaciones son profesionales de renombre, el hecho de que sea la Iglesia y no el Estado alemán quien los contrate, no deja de levantar suspicacias.

La discutida legislación alemana al respecto no ayuda mucho. En Alemania los delitos sexuales contra niños prescriben 10 años después de que las víctimas cumplan 18. El plazo se duplica en casos especialmente graves y el derecho a reclamar indemnizaciones caduca tres años después de que la víctima cumple 21.

En marzo de 2010, la Iglesia alemana anunció su intención de pagar una indemnización de 5 mil euros a cada menor de edad abusado sexualmente por un religioso.

El lunes 18, Reinhard Marx, arzobispo de Munich y Freising, declaró a los medios: “Como arzobispo, 2010 fue el peor año de mi vida; aquí también se han causado horribles dolores”.

También anunció la creación de un Centro de Protección para Niños y Jóvenes que estará en Munich, dependerá de la Universidad Gregoriana de Roma y tendrá apoyo de la Clínica de Psiquiatría Infantil y Juvenil de la Universidad de Ulm.
A partir de 2012, el centro desarrollará una plataforma en internet en varios idiomas para que quienes trabajan en instituciones de la comunidad católica puedan prevenir abusos a menores de edad.

Presión de base

Aparentemente la Iglesia ha comenzado a mostrar disposición al diálogo, pese a su tradicional cerrazón y verticalidad. El sábado 16, en la ciudad de Mannheim, la Conferencia de Obispos Alemanes invitó a agrupaciones de fieles, teólogos y diáconos a participar en un “proceso de conversaciones” sobre el futuro de la Iglesia en tiempos tormentosos.

Pero la tranquilidad de la reunión se trastrocó por otro caso de abuso sexual. Un párroco de la localidad de Salzgitter, Baja Sajonia, fue arrestado el 15 de julio luego de que una mujer lo denunciara por abusar sexualmente de su hijo. Según el fiscal a cargo del caso, los abusos del cura comenzaron siete años antes, cuando el muchacho tenía 10. La familia denunció el caso ante el obispado, sin obtener resultados. Después de su arresto el sacerdote reconoció haber abusado de otros dos menores de edad.

La reunión de Mannheim se cimbró. La acuciante situación de la Iglesia y la visita del Papa Benedicto XVI a Alemania prevista para septiembre, hicieron necesario abrirse al contacto con la base para intentar calmar las aguas. El arzobispo de Friburgo, Robert Zollitsch, responsable de la conferencia, dijo querer mostrar “la nueva capacidad de la Iglesia para la comunicación y el diálogo”.

El teólogo católico, profesor de antropología cristiana y ética social en la Facultad de Teología Católica de la Universidad de Maguncia, Gerhard Kruip estuvo en la reunión de Mannheim y comentó a Proceso su sorpresa de hallarse de pronto hablando, en un grupo de ocho personas, con un obispo que confesaba sus “lados débiles”. “Dentro de la Iglesia a un obispo no se le critica y por eso muchas veces se tiene una visión falsa de la comunidad”, sostiene el teólogo.

Muchos fieles católicos alemanes y la gran mayoría de sus teólogos son –como Kruip– vanguardistas. Esperan el fin del celibato sacerdotal, la ordenación de mujeres, el fin del férreo orden jerárquico del Vaticano.

En Mannheim, sin embargo, decidieron apostar por posiciones más moderadas para no empantanar el diálogo. Las peticiones no fueron radicales pero sí espinosas: más participación de los laicos, integrar a las mujeres por lo menos como diáconos, no marginar a separados o casados por segunda vez, no marginar a homosexuales…

Un gran problema de la Iglesia es su estructura de poder, “que cierra las posibilidades de cambio; pero conozco mucha gente dentro de la Iglesia, incluso obispos, que están a favor de un cambio y no sólo aquí, sino también en México”, comenta Kruip, quien ha tenido estancias de investigación en México entre 1982 y 1983 y entre 1991 y 1993.

El escándalo de abusos sexuales a menores ha movido a la Iglesia católica alemana a abrirse más rápido de lo que habrían deseado sus sectores reformistas. “Si se logra un cambio aquí, el efecto en el resto del mundo será imparable”, sostiene Kruip.

 

Proceso
31 de julio de 2011

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