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David Wilkerson

Hubo un tiempo en que a Moisés se lo tenía en alta estima, era respetado en los lugares importantes del gobierno, teniendo gran reputación y prestigio. Él se movía en el círculo de los influentes y ricos y era uno de los hombres más conocidos de ese tiempo. Pero cuando Dios le habló desde la zarza ardiente (ver Éxodo 3:5), Moisés había disminuido a cero puntos.

Dios no podía usarlo hasta haberlo arrancado y llevado lejos de sus lazos mundanos. ¿Quién conocía ahora a Moisés? Escondido, alejado – silenciado y sin influencia. Él no tenía ninguna válvula de escape para su gran energía.

¡Pero en el momento que Moisés alcanzó el punto cero – cuando perdió totalmente su reputación y no quedaba nada del Moisés viejo y confiado en sí mismo – él estaba en tierra santa!

¿Cuánto tiempo esperó Dios en esa zarza, listo para revelarse de una manera gloriosa y nueva? Sólo hasta aquél momento clave cuando a Moisés verdaderamente ya no le importaba su trabajo ni su reputación. Cuando él entregó las últimas migajas de confianza en sí mismo, él encontró revelación.

El Señor Jesús estuvo en esa misma tierra santa. Las Escrituras dicen, “Sino que se despojó a sí mismo, tomó la forma de siervo…” (Filipenses 2:7).

Despojarse de reputación y convertirse en siervo fue una elección voluntaria. Gracias a Dios por aquellos que nuevamente están siendo llamados a esa tierra santa, buscando disminuir para que él crezca, y preparados para ser siervos.

Un gran hombre de Dios escribió, “El hombre de Dios que verdaderamente predica la Palabra finalmente abandonará la idea de ser conocido. Si él predica a Cristo, su reputación disminuirá constantemente y Cristo aumentará. Los verdaderos profetas mueren sin ser conocidos. Dios les da su galardón sólo después de haber muerto.”

Yo creo que si buscamos una reputación más grande, más conocida, a nuestro mensaje le faltará algo. Nuestro ego es demasiado prominente. Cristo debería de estar aumentando y nosotros deberíamos estar perdiendo reconocimiento. Deberíamos ser menos conocidos con el pasar de los años, hasta que, como Pablo, terminamos encerrados con Dios.

¡Que podamos todos disminuir! ¡Que sólo Él aumente! Que Dios nos ayude a volver a esta tierra santa.

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